La Rubia

Cuando la recepcionista de “Fumigaciones Cruz” agendó la solicitud del señor Jano Silva para exterminar la plaga que recién había invadido su hogar, jamás se imaginó que perdería a dos de sus mejores soldados en una guerra perdida. La historia comenzó semanas atrás, cuando María, la señora Silva, regresó fatigada de su jornada laboral y, como casi siempre, a la caza de un momento de paz.

“Ven acá, Rubia”, le dijo María a su guitarra clásica-tres-pinos-palo-de-rosa que su esposo Jano le obsequió en su primer aniversario de bodas. Se descalzó para sentarse al filo de la cama y una vez acomodada a su gusto comenzó a rasguearla. No se trataba de una música experta, sino de un ama de casa resuelta a relajarse un rato.

Esa tarde, algo le parecía atípico; era como si el sonido careciera de nitidez. Sacudió la guitarra y «algo» golpeó contra las paredes de la caja de resonancia. Supuso que se trataría de un objeto pequeño y sin darle más importancia, la posó de nuevo encima de sus piernas. Intentó tocarla pero esta vez, la cola negra y picuda de un animal que intentaba escapar a través de la boca de la guitarra le acarició los dedos.

Se puso de pie y zarandeó el instrumento con los dos brazos en alto para hacer resbalar el «objeto» que ella creía estancado. Entonces, un escorpión oscuro del tamaño de la palma de su mano brincó con dirección a su cabeza y cayó entre sus cabellos. En pánico, soltó la guitarra sobre la cama, gritó y revolvió su cabellera con urgencia, repasándola con ambas manos. El escorpión se prendió con sus tenazas a uno de sus pulgares y clavó su aguijón. La mujer gimió al sentir el hervor de la picadura y corrió hacia la cocina mientras que el escorpión se refugió introduciéndose en la caja de la “Rubia”.

María abrió el refrigerador, destapó con dificultad el envase de leche y le dio cuatro o cinco sorbos largos. Luego, sacó una aguja del costurero y tomó el encendedor que Jano mantenía al lado de sus cigarrillos. El dolor le corría como lava caliente del pulgar a la muñeca. Pasó por fuego la punta de la aguja y luego la hundió con decisión y fuerza en su propio dedo, tan cerca como pudo de la herida que le profirió el escorpión. Gritó de dolor una vez más. Luego, succionó la máxima cantidad de sangre posible y sin tragarla la escupió al suelo. Su mano comenzaba a hincharse. Repitió el acto tres veces. Enseguida, corrió hacia su recámara y la cerró de un portazo.

A pesar de que tomó las medidas comunes para evitar un envenenamiento, la velocidad de su reacción y la descarga de adrenalina dejaron a María como un paño escurrido, emocionalmente drenada. Se tendió sobre el sofá para esperar a Jano. La sensación de tener la mano sumergida en un campo de hormigas la mantuvo en estado de alerta hasta que después de unos minutos, desapareció del todo. Jano encontró a su esposa aún bajo el efecto de una crisis nerviosa y justo cuando ella le refería lo pasado, una cantinela que provenía de la habitación los alarmó. Era como si alguien estuviera rozando al azar las cuerdas de una guitarra.

Jano se apartó de María y abrió la puerta. Ahí, encima de la cama, el escorpión deslizaba su negro cuerpo sobre las cuerdas del instrumento. Con lentitud y extremando precauciones, Jano tomó la guitarra por el mástil y la levantó para provocar que el animal cayera al suelo. Se deshizo de él con un pisotón. El crujir de la coraza impactó los oídos del hombre. “Era más grande de lo que imaginaba, María”, dijo al recargar otra vez la guitarra en su pedestal. “La humedad hace que la Rubia se convierta en un paraíso para esta clase de sabandijas. Mañana compraré un estuche de tela para cubrirla”, agregó con el aliento y la calma que a su esposa le faltaban.

Esa noche, María no logró conciliar el sueño sino hasta que su esposo trasladó la guitarra de la recámara al salón; recordaba en forma vívida ese primer roce que el escorpión le hizo mientras intentaba tocar. Para su alivio, al día siguiente Jano cumplió y arribó a casa con el prometido estuche. Tras recibirlo con un abrazo ambos comenzaron a preparar su cena en la cocina, pero al cabo de unos minutos el mismo extraño ruido de rasgueo de cuerdas llamó su atención.

Los esposos dirigieron sus miradas hacia la guitarra: otro enorme escorpión negro salió de la boca del instrumento. “Debí suponer que esto sucedería, los escorpiones siempre andan en pareja”, dijo Jano entretanto María lloraba del susto subida en una silla. Esta vez, Jano se descalzó el pie izquierdo y dejó caer el rigor de su brazo encima del animal, que quedó destrozado bajo el zapato. Luego, colocó la guitarra en el interior de la funda nueva y la reposó en el pedestal.

María tuvo que acostumbrarse a mirar sin miedo a su querida Rubia. ¿Tocarla? No, gracias. Ese rumor, ese rasgueo de cuerdas la acosaba en su imaginación de tarde y noche. Tras quince días de tortura optó por colocarla en la parte más alta de una alacena que nunca usaba, bajo la consigna de olvidarse de ella.

Creía haberse liberado de ese tormento pero esa misma tarde escuchó un murmullo conocido. Trató de convencerse de que era una más de sus figuraciones y se acercó a la alacena con temor. Abrió la puerta y vio que dos, tres, cuatro escorpiones pequeños, de color casi transparente, se desbordaban del estuche a través un orificio. María se tropezó en su deseo impaciente de subirse a la silla más cercana y se fracturó el tobillo. El terror congeló su garganta. No era capaz de gritar. Sólo podía emitir pequeños gemidos mientras siete, ocho, nueve alimañas rondaban el suelo de la cocina. Se hallaba al punto del desmayo cuando Jano la encontró.

Dos días más tarde, recostada sobre su cama en el cuarto del hospital recibió la buena noticia de parte de Jano: el médico de guardia había autorizado su salida. “Amor, ¿podrías prometerme que jamás veré otro escorpión en nuestro departamento?”, preguntó a su esposo buscando un consuelo a su angustia de volver al hogar. “Bueno, eso no lo puedo prometer, pero te aseguro que la compañía de fumigación que contraté es una de las mejores exterminadoras de la ciudad”, respondió Jano, puso un beso en la frente de María y agregó, “son muy profesionales. Lo que lamento es que hayas perdido tu gusto por la guitarra. Vamos a extrañar a tu Rubia”.

Mientras Jano tranquilizaba a María con esas palabras, un par de empleados de la empresa fumigadora se disponía a cargar su vagoneta con el aparatoso equipo de trabajo. “¿Y qué compañero, a poco sí vamos a cumplir con la orden de quemar esta guitarra? ¡Hombre, pero si se ve nueva! Se la voy a regalar a mi chamaco”. Se detuvieron frente a la caseta de vigilancia para depositar las llaves del departamento y tomaron su curso por la avenida. De pronto, un extraño ruido que provenía de la parte trasera del vehículo tomó al chofer por sorpresa. “¿Oyes eso, compadre? Parece que alguien estuviera rasgueando la guitarra”. El otro hombre se quedó en silencio, como alargando los oídos. “No, compadre, no escucho nada”.

 

  • Texto publicado en la edición Agosto 2016 de la antología digital REVISTA PLUMA ROJA No. 39

 

M.D.

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