El cine

Siento una mirada que se incrusta en mi nuca, vuelvo hacia atrás y hallo nada. Esta sala de cine de mala muerte me tiene hasta las orejas pero aquí puedo vender a mis anchas la poca droga que le robo al Jefe a quien, por supuesto, jamás he visto en persona. Observo que la pareja de enfrente se come a besos y comienzo a sentir los efectos debajo de mi pantalón. De nuevo siento esa mirada, giro la cabeza y reconozco entre las sombras a un tipo sentado justo en la esquina. Me doy una vuelta por los sanitarios y regreso a mi butaca; mi «contacto» no respondió mis llamadas. Al parecer, la pareja se marchó y me he quedado en la sala sin otra compañía que la de dos adolescentes maricones que se brindan besos tímidos. Les echo un vistazo pero siento asco y me decido por la película. Es pésima. Un karateka parte una veintena de hombres en un minuto, ¡por Dios! La pareja retorna y el trasero de la novia me distrae; malo, el novio me sujeta por detrás. El tipo de la esquina, quien me taladraba la nuca con sus ojos asiente, y el novio me clava una daga en ella mientras me explica “esto es de parte del Jefe”; luego saca la carga de droga que llevo en el abrigo y se retiran los tres. Agito los brazos, quiero gritar, llamar la atención de los adolescentes pero no lo consigo, ahora sí se besan con ganas. Caigo al suelo y me desangro, ¡carajo, y en el medio de una película tan mala!

 

Alejandra Meza Fourzán © (aka Mariana Desch)

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