Estampa revolucionaria

Con el muchacho tras él, abrazado a su cintura, Tiburcio se zambulló en el silencio, como los otros. Le sorprendía ese recogimiento de la multitud; se extrañaba de que cientos de hombres que estaban unidos, quizá por toda la vida, marcharan uno al lado del otro, indiferentes, envueltos en sí mismos, mutuamente hostiles. ¿Era el resultado de una orden del jefe, u otro motivo lo impone? Él no comprendía por qué, en el momento de ponerse en marcha, la tropa que en el descanso fue ruidosa, jovial, animada, enmudece. ¿Es acaso el temor de atraer con una voz el peligro, el combate, la muerte? Quizá, porque al avanzar, todos acechan, todos vigilan: sus miradas se dispersan por el paisaje, temerosas de ver levantarse una polvareda o un penacho de humo, esperando percibir cualquier movimiento de los ramajes que indique presencia de hombre.

 

Rafael F. Muñoz

(México, 1899-1972)

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