Relato para el Concurso: “Una nube de magia”, de Mario Barra Jover

Recibí este relato de parte de Mario Barra Jover con el que pretende participar en el concurso.

Transcribo su texto

“Una nube de magia”, del autor Mario Barra Jover

Para Agnès

   El viaje de vuelta después de la semana de trabajo se prestaba a dos o tres cervezas por inhóspito que fuera el bar del tren. Acodado en la repisa lateral, lo difícil era no mirar por la ventana; pero a lo lejos, para no marearse con el desfile vertiginoso de los árboles cercanos a la vía. El cielo estaba despejado, con alguna que otra nube. Nada que distrajera del cansancio, hasta que el horizonte quiso ponerse caprichoso y mostró una nube extravagante. No era que se pudiera asociar por fijación o por ingenio su forma a la de un tren —eso se podía hacer con cualquier nube y un poco de imaginación—. Era tal cual la reproducción de un tren de alta velocidad y no de cualquier otra silueta.
Se excitó ante el hallazgo que pasaba desapercibido al resto de los pasajeros y, como si se tratara de un acontecimiento prodigioso, se volvió con la intención de proclamarlo.
Ya antes de completar el giro y sin haber llegado a tener una palabra en la boca, se comprendió absurdo. Pasaría por un desequilibrado si intentaba llamar la atención de algún otro viajero. Era, con todo, una situación demasiado frustrante y con un ojo vigilaba la nube, que parecía seguirle, y con otro a los pasajeros, con la certidumbre de que alguno acabaría por verla, expresar sorpresa y darle con ello la oportunidad de un intercambio de palabras que acabaría por atraer al resto de los pasajeros a ese lado del vagón.
En una de esas idas y vueltas, la nube había desaparecido y se llenó de un desconsuelo sin arreglo. Le parecía cruel no haber podido compartir la experiencia irrepetible y no llegaba a aceptarlo. No era más que una escasa compensación, pero fue a buscar otra cerveza, sacó una hoja de papel y se puso a escribir con temor de que se le escapara la idea y la experiencia se desvaneciera definitivamente.

Voy en el tren, en el bar, y miro por el trozo de ventana. De repente veo una nube entre las otras. Creo que se llama un estrato. Alargada, vaya. Tiene la misma forma que el tren y, debe de estar un poco baja, avanza deprisa, siguiendo al tren. En realidad, es el reflejo en el cielo del tren, mi tren, o mejor, es las ganas del cielo de jugar con nosotros, a correr. He bajado la cabeza y la he vuelto a levantar. Estaba ahí otra vez mi tren-nube y hacía tiempo que no sonreía yo con tanta simpatía a un compañero de viaje.
Me ha parecido egoísta no señalarle a los de al lado la compañía de la nube. He imaginado que podía ir a decírselo sólo a las mujeres, quizá porque un hombre me da miedo por el ridículo viril. A algunos metros una mujer joven, con la melena caída hacia delante, lee un libro muy concentrada. Levanta la cabeza, sonríe sola y vuelve a la lectura. A mi lado, una mujer menos joven, quizá sosa, come y me disuade sin quererlo.
Tenía ganas de decirles que una nube que jugaba a ser tren nos estaba acompañando, pero podría pasar por un intento de ligar malamente en el tren. Es, he de reconocerlo, la mejor mala interpretación que yo mismo sospecharía como espectador de la escena. No he dicho nada, por supuesto. He pensado en ello, he levantado la cabeza. La nube ya no estaba.
Si hubiera sentido inevitable hablarle a la joven con melena o a la menos joven, quizá sosa, hubiésemos dado sentido a la presencia de la nube y la hubiésemos perpetuado en nuestra conversación. Aunque la conversación no tratara de nubes.
Y, ahora, no hay nubes, no hay palabras heredadas de las nubes. Hay algo que habla de la soledad.

Medianamente satisfecho, se irguió antes de releer el texto. A menos de un metro de él había una mujer que le miraba sin empacho, sonriente. Era alta y elegante, muy holgada de maneras. Después supo que se llamaba Agnès.
—Le estoy viendo y me pregunto cómo es usted capaz de escribir en medio de este ajetreo.
—No me doy cuenta, la verdad.
—¿Sabe? Llama usted la atención con su lápiz y su papel en medio de tantos señores serios tecleando en el ordenador. Puedo preguntarle qué escribe usted.
—Pues no se lo va a creer pero…
Pero el que no se lo podía creer era él.

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5 comentarios sobre “Relato para el Concurso: “Una nube de magia”, de Mario Barra Jover

  1. Francamente interesante el relato, me ha gustado como se ha manejado la primera persona como vehículo para mostrar las indecisiones de un acto que podría ser tomado como una alteración de la costumbre social y que, en realidad, no es sino el deseo de compartir, de socializar.

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