El cartero

El cartero arribó en bicicleta y arrastrando su pesado morral para dejar la correspondencia en esa finca campestre. Tocó varias veces, nada; acumuló pues encima del tapete los sobres nuevos a los que había dejado la semana anterior. Un fétido aroma le alertó el olfato, mientras que desde el interior de la vivienda un sabueso ladraba con ardiente desesperación; quizá era despistado y viejo, pero no tanto como para no formular conjeturas. Un recuerdo del dueño vino a su memoria, le reclamaba: «¡No vuelvas a dejarme más cobranzas del banco, imbécil!». Se lamentó por el sabueso. La dueña de la finca colindante le recibió como siempre, con una sonrisa y un vaso con agua. “Refrésquese, amigo. Gracias por venir tan lejos. Ojalá todos fueran como usted”, afirmó. “Ojalá otros tuvieran su amabilidad”, respondió el cartero. Ojalá, ojalá… ojalá todos fuésemos iguales para no tener que morir de manera diferente.

 

Alejandra Meza Fourzán ©

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9 comentarios sobre “El cartero

  1. Sí, Alejandra, lo dejas en el aire, pero la sentencia ya va bien cumplida. Me ha encantado. Reflexiono sobre el propio comportamiento, que para eso tambièn sirven los cuentos y conclusiono que, por fortuna, me llevo de maravilla con el cartero del sector y además no tengo perro que le ladre. Un beso.

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